¡Hola otra vez! Qué activo estoy hoy... en fin. Lurei y yo estamos en proceso con Carolina, pero os dejo un avance de lo que traerá el nuevo capítulo. ¡Un abrazo elefantil!
El corazón le iba a mil por hora. Reconocería esa gabardina a miles de kilómetros de distancia, así como su silueta. El hombre caminaba hacia ella. Entonces, su instinto sólo le dijo una cosa: “corre”.
Y Carolina corrió. Giró 180º y echó a correr, huyendo de aquel monstruo. Ni siquiera veía lo que tenía delante, su mente tenía una única fijación.
CORRECORREGANADISTANCIACORREALÉJATECORRECORRELEJOSDEÉLGANADISTANCIAVAMOSCORRECORREALÉJATEVAMOSCAROLINACORRECORRECORRECORRECORREDONDEESTAÉLCORRE
Se giró para ver si la seguía, y recibió un fuerte golpe que la derribó. Oyó una voz masculina. No distinguía lo que decía. Su cabeza daba vueltas. Levantó la mirada y se dio cuenta de que no había chocado con algo, sino con alguien.
Mostrando entradas con la etiqueta Carolina. Mostrar todas las entradas
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lunes, 22 de diciembre de 2014
sábado, 20 de diciembre de 2014
¡Navidad!
¡Hola a todos! Ya es 20 de diciembre, y eso significa... ¡Vacaciones de Navidad!
La Navidad llega justo en ese punto en el que estás hasta la coronilla de exámenes, trabajos, instituto, y en mi caso, conciertos. Así que...¡Bienvenida sea! ¿Y qué significa esto para el blog? ¡Muy fácil! Ahora tengo relativamente más tiempo para escribir, así que espero subir más relatos, capítulos, cuentos, microcuentos y demás producciones de mi mente.
De momento no tengo nada, pero sí una pequeña sorpresa. Ya conocéis a Carolina, y mi querida amiga Sara, de Sangre de Artista, también. Así que, a petición elefantil, ha hecho un dibujo de mi niña favorita. ¡Espero que os guste tanto como a mí! Y si podéis, echadle un ojo al resto de dibujos de su blog, que son mejores que un pastizal sin cocodrilos en la charca.
Sin más dilación, aquí está Carolina. ¡Feliz Navidad!
La Navidad llega justo en ese punto en el que estás hasta la coronilla de exámenes, trabajos, instituto, y en mi caso, conciertos. Así que...¡Bienvenida sea! ¿Y qué significa esto para el blog? ¡Muy fácil! Ahora tengo relativamente más tiempo para escribir, así que espero subir más relatos, capítulos, cuentos, microcuentos y demás producciones de mi mente.
De momento no tengo nada, pero sí una pequeña sorpresa. Ya conocéis a Carolina, y mi querida amiga Sara, de Sangre de Artista, también. Así que, a petición elefantil, ha hecho un dibujo de mi niña favorita. ¡Espero que os guste tanto como a mí! Y si podéis, echadle un ojo al resto de dibujos de su blog, que son mejores que un pastizal sin cocodrilos en la charca.
Sin más dilación, aquí está Carolina. ¡Feliz Navidad!
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Carolina IV (parte 1)
¡Muy buenos días a todos! Hoy traigo la siguiente entrega de Carolina. Pero, como prometí, esta vez trae sorpresa. Este capítulo está escrito también por Lurei Book, de La sombra de tus Ojos, que subirá el capítulo a su blog en breves. Aun a pesar de los problemas logísticos y de comunicación (exámenes y Wi-Fi escaso) este es el resultado. Como el texto cuenta una clase de kárate, incluye varios términos en japonés que se explican o traducen al final en un mini-glosario. ¡Espero que os guste!
Los padres de Carolina aparcaron en el parking que se encontraba al lado del dojo. La niña, entusiasmada, se despidió de sus padres, que se dirigían a ver una (con pinta de aburridísima) película titulada Desayuno con Diamantes. Salió rápidamente del coche y cruzo hacia el gimnasio. Carolina entró en el edificio y allí se encontró a sus compañeros, esperando a que terminase la clase anterior.
Andrés estaba sentado en la escalera del fondo. Se dirigió hacia él. Éste era un chico de pelo negro, muy negro, como el de su padre. Con ese pelo contrastaban unos ojos azules espectaculares y una piel blanca como la leche. Andrés tenía tantas pecas como estrellas había en el cielo. Algunos pensaban que era una persona aburrida: sin embargo, Carolina lo consideraba un gran amigo, aunque fuera un año mayor que ella.
-¡Hola, Caro! ¿Qué tal?
-Pues la verdad, ahora que lo dices, me encuentro un poco mal. ¡Pero nada que me impida saltarme el entrenamiento!
Los gritos de los pequeños indicaban que la clase anterior ya ha terminado. Así que Andrés y Carolina entraron juntos en el dojo junto con los demás compañeros. De algunos Carolina no sabía ni el nombre, sobre todo de los nuevos. Ella era cinturón verde, y estaba preparando el examen para azul. Andrés ya era marrón, y en menos de dos años podría conseguir el negro.
Paula, la sensei de Carolina, era una chica pelirroja (cuyos rizos caían graciosamente en cascada). Era bajita y delgada, pero lo que más le gustaba a Carol era su personalidad. Sabía que podía confiar en ella como si se tratase de una hermana. Al entrar, los dos saludaron -Os- y después de unos minutos en los que la sensei decidió qué ejercicios se hacían, se pusieron en fila para hacer el seiza. El mokuso duró unos 30 segundos, y después de inclinarse ante Gichin Funakoshi y Masatoshi Nakayama, empezaron el calentamiento.
Después de calentar, se pusieron en filas y empezaron a hacer sukis. Entonces, a Carolina empezó a dolerle la cabeza. A dolerle mucho. Se trataba de un dolor palpitante en las sienes que comenzó a agudizarse por momentos. Andrés la miraba preocupado. no era tonto, notaba que ella se encontraba mal. La veía pálida y mareada. Cuando Paula les pidió que empezaran a hacer mai geri, la cara de Carolina se lo dijo todo.
Carolina levantó la mano y le dijo a Paula lo que ocurría. Rápidamente, la entrenadora paró la clase y se la llevó a un sitio aparte mientras los demás hacían age uke.
-Lo siento, Paula, pero es que me duele muchísimo la cabeza. Creo que no voy a poder seguir la clase.
Los padres de Carolina aparcaron en el parking que se encontraba al lado del dojo. La niña, entusiasmada, se despidió de sus padres, que se dirigían a ver una (con pinta de aburridísima) película titulada Desayuno con Diamantes. Salió rápidamente del coche y cruzo hacia el gimnasio. Carolina entró en el edificio y allí se encontró a sus compañeros, esperando a que terminase la clase anterior.
Andrés estaba sentado en la escalera del fondo. Se dirigió hacia él. Éste era un chico de pelo negro, muy negro, como el de su padre. Con ese pelo contrastaban unos ojos azules espectaculares y una piel blanca como la leche. Andrés tenía tantas pecas como estrellas había en el cielo. Algunos pensaban que era una persona aburrida: sin embargo, Carolina lo consideraba un gran amigo, aunque fuera un año mayor que ella.
-¡Hola, Caro! ¿Qué tal?
-Pues la verdad, ahora que lo dices, me encuentro un poco mal. ¡Pero nada que me impida saltarme el entrenamiento!
Los gritos de los pequeños indicaban que la clase anterior ya ha terminado. Así que Andrés y Carolina entraron juntos en el dojo junto con los demás compañeros. De algunos Carolina no sabía ni el nombre, sobre todo de los nuevos. Ella era cinturón verde, y estaba preparando el examen para azul. Andrés ya era marrón, y en menos de dos años podría conseguir el negro.
Paula, la sensei de Carolina, era una chica pelirroja (cuyos rizos caían graciosamente en cascada). Era bajita y delgada, pero lo que más le gustaba a Carol era su personalidad. Sabía que podía confiar en ella como si se tratase de una hermana. Al entrar, los dos saludaron -Os- y después de unos minutos en los que la sensei decidió qué ejercicios se hacían, se pusieron en fila para hacer el seiza. El mokuso duró unos 30 segundos, y después de inclinarse ante Gichin Funakoshi y Masatoshi Nakayama, empezaron el calentamiento.
Después de calentar, se pusieron en filas y empezaron a hacer sukis. Entonces, a Carolina empezó a dolerle la cabeza. A dolerle mucho. Se trataba de un dolor palpitante en las sienes que comenzó a agudizarse por momentos. Andrés la miraba preocupado. no era tonto, notaba que ella se encontraba mal. La veía pálida y mareada. Cuando Paula les pidió que empezaran a hacer mai geri, la cara de Carolina se lo dijo todo.
Carolina levantó la mano y le dijo a Paula lo que ocurría. Rápidamente, la entrenadora paró la clase y se la llevó a un sitio aparte mientras los demás hacían age uke.
-Lo siento, Paula, pero es que me duele muchísimo la cabeza. Creo que no voy a poder seguir la clase.
-Tranquila, Caro. ¿Quieres quedarte aquí o llamo a tus padres?
-Mis padres están en el cine. Puedo ir a casa de Laura, que está a dos manzanas-se le ocurrió a la niña
-Vale. Que alguien te acompañe.
-Tranquila, Paula, puedo ir yo sola.
-¿Estás segura?
-Sí, estate tranquila.
-Bueno, está bien. Pero mándame un mensaje en cuanto llegues, ¿vale?
-Sí, sí. No te preocupes
Carolina, bajo la atenta mirada de su aún preocupada entrenadora, recogió sus cosas y salió al exterior. El frío se coló por el abrigo y el karategui de la niña, haciéndola temblar ligeramente.Nada más salir, en dirección a casa de Laura, cruzó la calle mirando a ambos lados, como le enseñaron sus padres. Su amiga no contaba con ella, pero seguramente la recibiría alegremente. Por eso eran mejores amigas.
Pensando en ello llegó a la acera de enfrente. Los últimos rayos de sol aportaban una luz anaranjada, deslumbrándola durante un instante.
Y entonces lo vio. Allí estaba, él, la persona que no había salido de su cabeza desde su infancia.
El protagonista de sus peores pesadillas.
El hombre desnudo.
Dojo: gimnasio
Sensei: maestro/a de kárate
Seiza y mokuso: momentos de meditación antes de la práctica del kárate
Suki: puñetazo
Mai geri: un tipo de patada
Age uke: defensa alta
Gichin Funakoshi fue el fundador del kárate. Su discípulo Masatoshi Nakayama desarrolló el estilo shotokan (que practica Carolina)
-Mis padres están en el cine. Puedo ir a casa de Laura, que está a dos manzanas-se le ocurrió a la niña
-Vale. Que alguien te acompañe.
-Tranquila, Paula, puedo ir yo sola.
-¿Estás segura?
-Sí, estate tranquila.
-Bueno, está bien. Pero mándame un mensaje en cuanto llegues, ¿vale?
-Sí, sí. No te preocupes
Carolina, bajo la atenta mirada de su aún preocupada entrenadora, recogió sus cosas y salió al exterior. El frío se coló por el abrigo y el karategui de la niña, haciéndola temblar ligeramente.Nada más salir, en dirección a casa de Laura, cruzó la calle mirando a ambos lados, como le enseñaron sus padres. Su amiga no contaba con ella, pero seguramente la recibiría alegremente. Por eso eran mejores amigas.
Pensando en ello llegó a la acera de enfrente. Los últimos rayos de sol aportaban una luz anaranjada, deslumbrándola durante un instante.
Y entonces lo vio. Allí estaba, él, la persona que no había salido de su cabeza desde su infancia.
El protagonista de sus peores pesadillas.
El hombre desnudo.
GLOSARIO
Dojo: gimnasio
Sensei: maestro/a de kárate
Seiza y mokuso: momentos de meditación antes de la práctica del kárate
Suki: puñetazo
Mai geri: un tipo de patada
Age uke: defensa alta
Gichin Funakoshi fue el fundador del kárate. Su discípulo Masatoshi Nakayama desarrolló el estilo shotokan (que practica Carolina)
sábado, 15 de noviembre de 2014
Carolina III
¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas! ¡Elefantes y humanos! Pasen y vean un milagro...¡a Carolina!
Vuelvo a pedir perdón por tardar tanto, pero... ¡aquí está!
Un
hombre corría hacia ella. Carolina ya lo había visto antes, y no le gustaba
cómo la miraba, igual que ella miraba los regalos de los Reyes Magos antes de
abrirlos, queriendo saber lo que había dentro, con ganas de abrirlos. Llevaba
una larga gabardina marrón, con un par de manchas de algún líquido rojo, ya
secas, que no le gustaron nada a la niña. No supo cómo reaccionar, así que echó
a correr por el larguísimo paseo del río, pidiendo ayuda a gritos. Pero nadie
le hacía caso, nadie la escuchaba, nadie la salvaba de aquel hombre.
De
repente, se sintió caer. Había tropezado: alguien le había puesto la
zancadilla. Cuando levantó la vista, vio a Laura, a su Laura, riéndose de ella
y chillando “¡Ya la tienes, corre! ¡Corre o escapará!” El hombre de la
gabardina la oyó y se echo a reír también. Su risa era cruel y profunda, la
risa de alguien que quiere hacer daño. Carolina se levantó y corrió unos metros
antes de sentir un impacto en la espalda. Ahora Laura le había tirado una piedra
en la espalda. Seguía riéndose, y le lanzó otra antes de que el hombre pasara a
su lado, aún persiguiéndola. La segunda piedra la golpeó en la sien y la hizo
caer, con lo que el hombre de la gabardina saltó sobre ella. Mientras saltaba,
la gabardina se abrió y Carolina vio que no llevaba nada debajo. Donde sí que llevaba
algo era en la mano: un cuchillo. Al caer sobre Carolina, desnudo, le clavó el
cuchillo en un ojo. Ella chilló de dolor, se retorció y se despertó.
Estaba
sudando y gritando. Miró a su alrededor: estaba en su habitación. Se relajó.
Alargó el brazo hacia el interruptor de la luz para encenderlo cuando, de
repente, supo que no funcionaba. Ni siquiera lo había intentado, pero estaba
segura de ello. Igual que estaba segura de que había Algo en aquella habitación.
Olía raro, y notaba el calor de Algo más. Carolina no se movió y empezó a
susurrar “Papá, mamá, papá, mamá, ayudadme”. Pero ese Algo, Eso, la estaba
escuchando. Y Eso le habló, y algo en su interior se sintió halagada porque
aquella grandiosa (terrible, si, pero grandiosa) criatura la hubiera elegido a
ella entre todos los niños del mundo para aterrarla y devorar su alma:
-Ni
siquiera lo intentes, amiguita. No te oyen. Solo estamos tú y yo. Y sabes que
no puedes escapar. Voy a devorarte, vas a gritar y yo voy a reírme mientras
llevo tu alma con los fuegos fatuos, y a arrancarte los –la voz sonaba cada vez
más alta: Eso estaba eufórico- brazos y las piernas y a mandarte con todos los
demÁS, NO LO DUDES, PORQUE TÚ ERES MI VÍCTIMA!-y se rió, y la risa le dio más
miedo a Carolina que el hombre desnudo, y que la oscuridad en la que estaba
sumida.-¡PREPÁRATE A MORIR!
Y Carolina
chilló, como Eso había predicho, mientras se adueñaba de su cuerpo y su alma y
la destruía, y ella se despertaba otra vez.
Aquella
vez fue la definitiva. Lo sabía, porque estaba en su cama, porque al encender
la luz pudo hacerlo, porque estaba sola en su cuarto. Se levantó, salió de su
habitación y se dirigió hacia la de sus padres. Aunque la casa era enorme,
ellos habían querido dormir cerca suyo, por si pasaba algo, y ahora mismo
Carolina se lo agradecía, porque no quería ir por los pasillos a oscuras. Se
metió en el gran dormitorio y se subió a la cama. Su madre ni siquiera
reaccionó, pero su padre sí.
-¿Qué
pasa? ¿Te encuentras bien, Caro?
-No
puedo dormir, he tenido una pesadilla. Perdón por despertarte, papá.
-Tranquila,
tesoro. ¿Quieres dormir con nosotros?
-¡Sí! ¡Sí!
¡Sí! ¡Gracias, papi!
-¡Shhh!
Vas a despertar a tu madre… Anda, sube.
-No,
cariño, si ya estoy despierta. ¡Como te agarre, te voy a hacer unas cosquillas
que te vas a enterar!
Y
mientras su madre y su padre le hacían cosquillas y le daban besos, Carolina
reía y pensaba que allí, ni el hombre del cuchillo, ni Eso, ni nadie podría
alcanzarla.
Ya de paso, aprovecho para felicitar a alguien muy especial, que hoy
cumple añitos... ¡Felicidades, Sanders! Un besazo de tu elefante favorito:
lunes, 3 de noviembre de 2014
Carolina II
¡Hola, elefantes! ¿Habéis tenido un buen Halloween? ¡Espero que sí!
Disculpad la dejadez, pero entre los exámenes y la mejor fiesta del año no he tenido tiempo de subir nada nuevo. De todos modos, aquí traigo la segunda parte de la historia de Carolina. Ha crecido un poquito y acaba de llegar al cole...¡Disfrutadla!
El padre de Carolina la ayudó a bajar del coche. Ella le dio la mano, y entraron juntos en el colegio, un gran edificio de ladrillo lleno de gente. Todos los niños que estaban allí le parecían muy mayores a Carolina, hasta que cruzaron el patio principal y entraron en otro recinto vallado: la zona de infantil. Allí los niños eran mucho más bajitos, de su tamaño... Y de una edad más parecida a la suya. En su mayoría aparentaban los cinco años que tenían. Ella estaba impresionada. Nunca había visto a tanta gente de su edad junta. Mientras los miraba, distraída, su padre le señaló a una mujer joven, de pelo rubio y ojos azules, que llevaba una larga bata blanca y estaba rodeada de niños, algunos con sus madres, otros con sus padres, pero ninguno solo.
Disculpad la dejadez, pero entre los exámenes y la mejor fiesta del año no he tenido tiempo de subir nada nuevo. De todos modos, aquí traigo la segunda parte de la historia de Carolina. Ha crecido un poquito y acaba de llegar al cole...¡Disfrutadla!
El padre de Carolina la ayudó a bajar del coche. Ella le dio la mano, y entraron juntos en el colegio, un gran edificio de ladrillo lleno de gente. Todos los niños que estaban allí le parecían muy mayores a Carolina, hasta que cruzaron el patio principal y entraron en otro recinto vallado: la zona de infantil. Allí los niños eran mucho más bajitos, de su tamaño... Y de una edad más parecida a la suya. En su mayoría aparentaban los cinco años que tenían. Ella estaba impresionada. Nunca había visto a tanta gente de su edad junta. Mientras los miraba, distraída, su padre le señaló a una mujer joven, de pelo rubio y ojos azules, que llevaba una larga bata blanca y estaba rodeada de niños, algunos con sus madres, otros con sus padres, pero ninguno solo.
-Esa es tu profesora. Pórtate bien con ella. Se llama Celia
y aquí tienes que obedecerla, porque mamá y papá no están. ¿Vale?
-Vale, papi. ¡Mira, esa es Silvia! ¡Y el tío Guillermo!
Silvia era la hija del socio de su padre, Guillermo. Ellos
llevaban juntos desde los 13 años, y eran íntimos amigos, así que las niñas se
conocían desde pequeñas. Carolina y ella empezaron a jugar juntas mientras sus
padres se saludaban y empezaban a hablar de la última creación de un tal Esifen
Kin. Resultaba curioso que Silvia le sacaba una cabeza a Carolina, pero su
padre era una cabeza más alto que Guillermo. Entonces, de repente, sonó un
ruido muy fuerte y su padre la acompañó a la puerta de un edificio. El ruido
salía de una especie de timbre enorme. A Carolina no le gustó, y se lo dijo a
su padre. Tanto él como Guillermo se echaron a reír y este último comentó algo
sobre un sitio llamado “Instituto”. Como todavía no era la hora de entrar en clase, Silvia
arrastró a Carolina hasta un chico que estaba hablando con su madre. Se llamaba
Mario y era vecino de Silvia, así que se conocían. A Carolina le cayó bien y en
menos de dos minutos estaban corriendo y jugando al pilla-pilla por el patio.
Mientras escapaba de Silvia, un tiempo después, Carolina vio
a una niña de pelo castaño claro, hasta la cadera, ojos marrones y piel clara.
Se quedó impresionada y, sin darse cuenta, echó a correr aún más rápido, sin
dejar de mirarla. Le parecía guapísima. Era guapísima. Entonces, sin querer,
tropezó y cayó hacía delante, encima de la chica. Las dos chocaron y se cayeron
al suelo, aunque ninguna se hizo daño. La otra chica -aún más alta que Silvia-
se puso en pie y ayudó a Carolina a levantarse mientras decía:
-¡Lo siento mucho! No te he visto... Perdón. Me llamo Laura,
¿y tú?
-Yo soy Carolina y ellos son mis amigos, Silvia y Mario-dijo
mientras varios padres se acercaban para comprobar si estaban bien, entre ellos
la madre de la chica. Carolina no quería separarse de ella, así que se le
ocurrió una idea.-¿Quieres jugar con nosotros?
Y los cuatro siguieron corriendo, juntos, hasta que
Guillermo les llamó para que volvieran a acercarse a la maestra. Cuando los vio
llegar, la joven empezó a hablar.
-Buenos días, chicos. Yo me llamo Celia y a partir de hoy,
seré vuestra profesora. Voy a enseñaros nuestra clase. Seguidme, por favor.
Carolina estaba nerviosa. Nunca antes se había quedado sola
sin sus padres, al menos desde que tenía memoria. Le dio la mano a Silvia, ella
a Mario, él a Laura y los cuatro subieron juntos por la escalera, detrás de la
profesora, mientras sus padres les decían adiós con la mano.
miércoles, 22 de octubre de 2014
Carolina I
¡Hola, elefantes!
Hoy os traigo el inicio de lo que pretende ser una historia larga. Es la vida de Carolina, una idea que llevaba rondándome una temporada y que por fin he conseguido cuajar. ¡A ver qué os parece!
Un pájaro cruzó el cielo.
Carolina estaba tumbada en medio del campo con sus padres, mirando las nubes, cuando lo vio. Era un águila imponente, majestuosa, que volaba en círculos. Levantó los brazos para intentar atraparla, pero no pudo. Estaba muy lejos. Por más que lo intentó, se estiró y se estiró, el águila estaba muy alta, y ella seguía siendo muy baja. La invadió una sensación de frustración y de rabia que demostraba su carácter y de la ira dio un manotazo al suelo. Pero eligió una piedra como punto de impacto, así que notó el dolor subiendo desde la piel hasta el hueso. Fue la gota que colmó el vaso. Se echó a llorar.
Su madre se incorporó rápidamente para ver qué le pasaba. Era una chica joven, con el pelo liso, largo y castaño. No era muy alta, pero tampoco llegaba a ser considerada bajita. Su padre, que había salido corriendo hacia el coche, era bastante diferente. Él era muy alto, de pelo negro y piel oscura, siempre sonriente, excepto en aquel momento, en el que daba zancadas de gigante hacia el maletero. Antes de que Carolina lo viera abrirlo, su madre la cogió en brazos, le puso el chupete (que aceptó con agrado) y empezó a mecerla suavemente hasta que se calmó. Cuando su padre llegó con la barrita antiinflamatoria para los golpes, el bebé ya estaba en brazos de Morfeo.
Hoy os traigo el inicio de lo que pretende ser una historia larga. Es la vida de Carolina, una idea que llevaba rondándome una temporada y que por fin he conseguido cuajar. ¡A ver qué os parece!
Un pájaro cruzó el cielo.
Carolina estaba tumbada en medio del campo con sus padres, mirando las nubes, cuando lo vio. Era un águila imponente, majestuosa, que volaba en círculos. Levantó los brazos para intentar atraparla, pero no pudo. Estaba muy lejos. Por más que lo intentó, se estiró y se estiró, el águila estaba muy alta, y ella seguía siendo muy baja. La invadió una sensación de frustración y de rabia que demostraba su carácter y de la ira dio un manotazo al suelo. Pero eligió una piedra como punto de impacto, así que notó el dolor subiendo desde la piel hasta el hueso. Fue la gota que colmó el vaso. Se echó a llorar.
Su madre se incorporó rápidamente para ver qué le pasaba. Era una chica joven, con el pelo liso, largo y castaño. No era muy alta, pero tampoco llegaba a ser considerada bajita. Su padre, que había salido corriendo hacia el coche, era bastante diferente. Él era muy alto, de pelo negro y piel oscura, siempre sonriente, excepto en aquel momento, en el que daba zancadas de gigante hacia el maletero. Antes de que Carolina lo viera abrirlo, su madre la cogió en brazos, le puso el chupete (que aceptó con agrado) y empezó a mecerla suavemente hasta que se calmó. Cuando su padre llegó con la barrita antiinflamatoria para los golpes, el bebé ya estaba en brazos de Morfeo.
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