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viernes, 28 de agosto de 2015

Pasen y vean - Concurso de terror de Compases Rotos

Hooola elefantes, como sabéis, hace unos días que en realidad son más de un mes, Elefun Lena J. Underworld, del blog Compases rotos, organizó un concurso de relatos de terror. La idea me pareció estupenda, así que decidí participar con este relato:

PASEN Y VEAN

-¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean, damas y caballeros! Pasen y vean la superioridad del hombre ante la bestia, la primacía de la tecnología frente a la magia, la preferencia del orden ante el caos. ¡Sólo en el Circo del Horror podrán ustedes verle! Ver… ¡a la mismísima Bestia, salida del Averno! Mírenla, ahí, postrada en un lecho de paja, con cadenas de hierro forjadas sobre sus propias muñecas. Miren sus alas de murciélago gigante, rotas, con la piel hecha jirones. Noten su deliciosamente espantoso hedor, a azufre y podredumbre, a mierda y sudor. Vean sus mandíbulas, sus enormes dientes afilados como puñales y su viperina lengua negra, musculada y venenosa. Teman sus poderosas patas, fuertes y llenas de heridas, bien sujetas por grilletes y cuerdas. ¡No se acerquen a sus zarpas de medio metro o perderán la cabeza! Y, por supuesto, ¡cuidado con su cola! Si escuchan el restallido de un látigo, es sin duda ella, preparada para agarrar a sus hijos y arrastrarlos hasta sus fauces… ¡Pasen y vean!

-Y ahí vuelves a empezar – completó el señor Hyde tras la parrafada de su socio Whateley. – Es un texto simple para aprenderse de memoria, y pagamos bien. ¿Qué te parece?

-Acepto encantado, señores. ¿Cuándo empiezo?

-Mañana mismo. Esta noche, si lo deseas, puedes pasar a verlo. O verla. Lo que sea. Ya sabes, para saber de lo que hablas – dijo Whateley. – ¿Te parece?

No era menester decirle a tu jefe que no el primer día, supuse. Y acepté.

Así que allí estábamos, yo mismo acompañado por otro tipo, un tal Butler, con greñas y no demasiado delgado, pero con un látigo lo suficientemente largo como para recorrer sus intestinos un par de veces. Para controlar a la bestia, me había dicho. En todo el viaje en carreta desde su casa, a la que me tuve que acercar, hasta la carpa de la bestia, sólo había hablado Butler, contando que se había criado en el pueblo de Uhluhtc, al sur del valle de Anchester, donde al parecer se hallaba un lugar muy importante llamado Exham Priory. Yo jamás había oído palabra de esos lugares, pero con aquellos extraños nombres imaginé que estarían en el extranjero, pues nada se parecían esos topónimos a los propios de Arizona. Europa, probablemente.

Por fin llegamos Butler y yo, yo y Butler, a la carpa, aparentemente la única que poseía aquel circense espectáculo que mis ahora jefes Hyde y Whateley habían organizado. La noche ya estaba bien arraigada en el cielo, y no se veía casi nada. Por suerte, existen los faroles, y el bueno de Butler traía varios. Uno quedó encendido en el carro, y al poco tiempo se apagó, pues empezó a caer una fina lluvia que apenas duró media hora, pero lo suficiente como para apagar la llama y dejar el suelo encharcado. Volvamos a nosotros, que portábamos cada uno un farol y, en el caso de Butler, un látigo, en el mío una barra de metal que yo consideraba que sería poco útil. Mi buen acompañante levantó la lona de parte de la gigantesca y deforme carpa, la mayor que yo jamás hubiera visto. Antes de entrar, para aumentar la tensión que tú, querido lector, espero estés viviendo, voy a decir que esa carpa no era ni parecida a una carpa circense, pues era negra y de aspecto desalentador. Y que no era ni por asomo circular, sino más bien era un polígono totalmente irregular y con la tela del techo distribuida disparmente. Ahora, vuelvo al relato, entrando con mi buen y hablador amigo Butler en la carpa.

Admito que lo primero que percibí, y eso que dentro de la carpa la luz no era poca, fue el olor, un olor que llenaba las fosas nasales, un olor a podrido, a incienso, a excrementos, a sustancias de enorme pestilencia y temible efecto en un cuerpo humano, un olor que jamás sentí y que jamás se repetirá en la historia de la humanidad, la peor mezcolanza que un ser ha podido crear jamás. Lo impregnaba todo, y se pegaba a la ropa, a la barra de metal, al farol, a tu alma. Lo peor de la experiencia fue el olor.

Bajo la carpa, había una serie de jaulas y cajas con esqueletos animales dentro, repartidas por toda su extensión y mezcladas con cadenas, heno y grandes telas, sobre el suelo lleno de polvo y excrementos. Sin embargo, la zona central de la carpa había sido limpiada concienzudamente. En ella, se veía un círculo rojo, casi perfecto, con una serie de palabras escritas en una lengua para mi ignota en el borde exterior. Dentro, había un simple símbolo, una especie de representación de un cráneo de hombre con cuernos, o quizás una cabra antropomórfica, algo que yo no alcanzaba del todo a reconocer, pues quizás no fuesen cuernos sino manos, o tentáculos, o a lo mejor lo veía desde una errónea perspectiva. El signo, negro, tenía dentro unas cuantas velas, de gran altura, y en su centro había un hombre arrodillado, con una tela negra que le cubría por completo. Un leve brillo en la parte superior de su cabeza me permitió saber que no estaba arrodillado sino empalado por una larga púa de metal negro. Varias cadenas salían de debajo de la tela que le cubría. Cada una era sujetada por un hombre diferente, de los doce que estaban en la sala. Los miembros de aquel extraño tribunal vestían trajes negros, con sombreros de copa, y una cruz roja pintada en cada mejilla, de una extraña pasta con aspecto repugnante. Todo ello alcancé a ver antes de que Butler me pegase con el farol en la cabeza y me hiciera perder la consciencia. El resto fue rápido. Yo fui también empalado vivo por el experto en aquellas materias del grupo, el señor Hyde. Whateley se ocupó de coger un largo cuchillo ritual y rajarme el abdomen, dejando caer mis intestinos en una cesta. Después, mientras estaba inconsciente por cortesía de mis ausentes tripas, pero dolorosamente vivo, otro hombre al que no conocía pero que estaba dotado de una gran fuerza, siguió empalando hasta sacar la punta de la barra metálica que yo mismo había traído por la parte superior de mi cráneo, matándome así.


¿Y cómo, se preguntará el lector, te preguntarás si es que puedo tutearte, escribes esto? Querido amigo lector, yo escribo desde el más allá, una realidad vasta como el universo y eterna como la juventud de la fuente, un ente incomprensible para los que no estáis en él. Desde aquí me compadezco, no de mí, no de mi compañero en la carpa, sino de Hyde, Whateley y demás calaña, a los que la bestia, que desde el techo contemplaba toda la macabra escena que llevaban a cabo y a la que las descripciones no hacen siquiera justicia, devoró. En ocasiones me los cruzo aquí, penando, y supongo que todos nos preguntamos lo mismo: ¿a dónde fue la bestia?

*        *        *        *

Unos días después de que terminara el plazo, Lena me envió un correo anunciándome que... ¡Yo era el ganador! *aplauden*. El premio, dos libros (El Círculo, de Mats Strandberg y Sara B. Elfgren, y La Reina Descalza, de Ildefonso Falcones), ya ha llegado, así que solo queda agradecer a Lena el haber organizado el concurso y mandaros a todos un beso muy fuerte. ¡Hasta otra!

lunes, 22 de diciembre de 2014

Avance de Carolina

¡Hola otra vez! Qué activo estoy hoy... en fin. Lurei y yo estamos en proceso con Carolina, pero os dejo un avance de lo que traerá el nuevo capítulo. ¡Un abrazo elefantil!

El corazón le iba a mil por hora. Reconocería esa gabardina a miles de kilómetros de distancia, así como su silueta. El hombre caminaba hacia ella. Entonces, su instinto sólo le dijo una cosa: “corre”.

Y Carolina corrió. Giró 180º y echó a correr, huyendo de aquel monstruo. Ni siquiera veía lo que tenía delante, su mente tenía una única fijación.

CORRECORREGANADISTANCIACORREALÉJATECORRECORRELEJOSDEÉLGANADISTANCIAVAMOSCORRECORREALÉJATEVAMOSCAROLINACORRECORRECORRECORRECORREDONDEESTAÉLCORRE

Se giró para ver si la seguía, y recibió un fuerte golpe que la derribó. Oyó una voz masculina. No distinguía lo que decía. Su cabeza daba vueltas. Levantó la mirada y se dio cuenta de que no había chocado con algo, sino con alguien.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Carolina IV (parte 1)

¡Muy buenos días a todos! Hoy traigo la siguiente entrega de Carolina. Pero, como prometí, esta vez trae sorpresa. Este capítulo está escrito también por Lurei Book, de La sombra de tus Ojos, que subirá el capítulo a su blog en breves. Aun a pesar de los problemas logísticos y de comunicación (exámenes y Wi-Fi escaso) este es el resultado. Como el texto cuenta una clase de kárate, incluye varios términos en japonés que se explican o traducen al final en un mini-glosario. ¡Espero que os guste!

Los padres de Carolina aparcaron en el parking que se encontraba al lado del dojo. La niña, entusiasmada, se despidió de sus padres, que se dirigían a ver una (con pinta de aburridísima) película titulada Desayuno con Diamantes. Salió rápidamente del coche y cruzo hacia el gimnasio. Carolina entró en el edificio y allí se encontró a sus compañeros, esperando a que terminase la clase anterior.

Andrés estaba sentado en la escalera del fondo. Se dirigió hacia él. Éste era un chico de pelo negro, muy negro, como el de su padre. Con ese pelo contrastaban unos ojos azules espectaculares y una piel blanca como la leche. Andrés tenía tantas pecas como estrellas había en el cielo. Algunos pensaban que era una persona aburrida: sin embargo, Carolina lo consideraba un gran amigo, aunque fuera un año mayor que ella.

-¡Hola, Caro! ¿Qué tal?

-Pues la verdad, ahora que lo dices, me encuentro un poco mal. ¡Pero nada que me impida saltarme el entrenamiento!

Los gritos de los pequeños indicaban que la clase anterior ya ha terminado. Así que Andrés y Carolina entraron juntos en el dojo junto con los demás compañeros. De algunos Carolina no sabía ni el nombre, sobre todo de los nuevos. Ella era cinturón verde, y estaba preparando el examen para azul. Andrés ya era marrón, y en menos de dos años podría conseguir el negro.

Paula, la sensei de Carolina, era una chica pelirroja (cuyos rizos caían graciosamente en cascada). Era bajita y delgada, pero lo que más le gustaba a Carol era su personalidad. Sabía que podía confiar en ella como si se tratase de una hermana. Al entrar, los dos saludaron -Os- y después de unos minutos en los que la sensei decidió qué ejercicios se hacían, se pusieron en fila para hacer el seiza. El mokuso duró unos 30 segundos, y después de inclinarse ante Gichin Funakoshi y Masatoshi Nakayama, empezaron el calentamiento.

Después de calentar, se pusieron en filas y empezaron a hacer sukis. Entonces, a Carolina empezó a dolerle la cabeza. A dolerle mucho. Se trataba de un dolor palpitante en las sienes que comenzó a agudizarse por momentos. Andrés la miraba preocupado. no era tonto, notaba que ella se encontraba mal. La veía pálida y mareada. Cuando Paula les pidió que empezaran a hacer mai geri, la cara de Carolina se lo dijo todo.

Carolina levantó la mano y le dijo a Paula lo que ocurría. Rápidamente, la entrenadora paró la clase y se la llevó a un sitio aparte mientras los demás hacían age uke.

-Lo siento, Paula, pero es que me duele muchísimo la cabeza. Creo que no voy a poder seguir la clase.
-Tranquila, Caro. ¿Quieres quedarte aquí o llamo a tus padres?

-Mis padres están en el cine. Puedo ir a casa de Laura, que está a dos manzanas-se le ocurrió a la niña

-Vale. Que alguien te acompañe.

-Tranquila, Paula, puedo ir yo sola.

-¿Estás segura?

-Sí, estate tranquila.

-Bueno, está bien. Pero mándame un mensaje en cuanto llegues, ¿vale?

-Sí, sí. No te preocupes

Carolina, bajo la atenta mirada de su aún preocupada entrenadora, recogió sus cosas y salió al exterior. El frío se coló por el abrigo y el karategui de la niña, haciéndola temblar ligeramente.Nada más salir, en dirección a casa de Laura, cruzó la calle mirando a ambos lados, como le enseñaron sus padres. Su amiga no contaba con ella, pero seguramente la recibiría alegremente. Por eso eran mejores amigas.

Pensando en ello llegó a la acera de enfrente. Los últimos rayos de sol aportaban una luz anaranjada, deslumbrándola durante un instante.

Y entonces lo vio. Allí estaba, él, la persona que no había salido de su cabeza desde su infancia.

El protagonista de sus peores pesadillas.

El hombre desnudo.
GLOSARIO

Dojo: gimnasio
Sensei: maestro/a de kárate
Seiza y mokuso: momentos de meditación antes de la práctica del kárate
Suki: puñetazo
Mai geri: un tipo de patada
Age uke: defensa alta

Gichin Funakoshi fue el fundador del kárate. Su discípulo Masatoshi Nakayama desarrolló el estilo shotokan (que practica Carolina)

martes, 28 de octubre de 2014

Microcuento conjunto

¡Buenos días, elefantes! ¿Qué tal lleváis la semana?

Hoy os traigo un microcuento que escribí hace unos días.


Siempre había estado solo. Por fin, al final, alguien le guiñó un ojo. El francotirador.

Pero...¡Esto no es todo! Después de enseñarle el microcuento a mi hermanita Lucy, (de El Sueño de Thyra), se me ocurrió que, igual que ella misma ha hecho con varios microcuentos, podríamos...¡Escribir una historia cada uno basada en él! Por ello, sin más demora, damas y caballeros, niños y niñas...los relatos. Podréis encontrároslos también en una entrada en su blog.
  • El relato de Lucy
Las grandes calles de París, agolpadas de gente enfrascada en sus quehaceres nocturnos, sus paseos para digerir la cena y sus verbenas en bares y tabernas no eran un lugar propio para él. O así lo sentía. Sentado en lo alto de un campanario, observó con detenimiento una risueña familia, contemplando con admiración los escaparates de las tiendas. Unos pequeños niños alardeaban y repiqueteaban con sus deditos las vitrinas, mirando a sus padres y pidiéndoles sus regalos de navidad, mientras estos paseaban abrazados y vigilando a sus pequeños. Sintió un pinchazo en el corazón, que hizo encoger su cuerpo. Él quería aquello. Lo ansiaba. Una mujer con la que pasear por sus calles favoritas, unos cachorros que cuidar y proteger. Pero estaba solo. Siempre lo había estado. Se sentó en el borde del ventanal, y se encendió un cigarro. Se lo llevó a los labios e inspiró con ansia, deseando que aquel vicio se llevase sus tormentos. Maldijo su pasado, sus actos de delincuencia que lo llevaron a la cárcel, y maldijo su presente, por haber huido de ella. Era uno de los asesinos más buscados por el país, un criminal sanguinario y letal que había acabado con el jefe de una importante mafia, él solo. Todos lo buscaban, excepto la persona que él quería que lo encontrase. Esa persona que le llevaría a la felicidad y a una vida estable y sin sobresaltos. Con la que se enamoraría y tendría dos hijas y un precioso niño, un futuro en el que moriría de viejo y un legado que dejaría. Pero esta no llegaba. Dio otra calada a su cigarro y soltó lentamente el aire. Y entonces lo vio. Un punto esmeralda que se reflejaba en su pecho y danzaba sobre sus ropas, apuntando justo en el corazón. Sonrió. Alzó la mano y saludó al francotirador oculto que lo apuntaba desde el edificio de enfrente. 

-Nos volvemos a encontrar, viejo amigo-susurró, con voz ronca.


Desde su huida, él había sido el único capaz de encontrarlo, donde ningún ejército de mil hombres lo había conseguido. Habían acabado simpatizando, entre persecución y combates. El francotirador era el único que había logrado estar a su nivel. Dio una última calada a su cigarro y tiró los restos campanario abajo. 

-Qué irónico-se dijo a sí mismo-, que seas tú el que me guiñe un ojo, amigo mío. 

Había venido a por él, pero para arrebatarle toda esperanza de encontrar la felicidad. Con una sonrisa en el rostro, escuchó el último sonido que oiría en aquella vida: El disparo certero de su gran amigo. 
  • Mi relato
El presidente se levantó de su silla. Recordó cómo su madre le decía siempre “Pon la espalda recta” y sonrió. La primera vez que se había sentado en aquella silla tenía veinticinco años. Su secretaria había mandado cambiar la del anterior gobernante por una más cómoda, debido a los problemas de espalda del Líder, y allí seguía, una butaca roja como la sangre y cómoda como un lecho de espinas. No por la silla, sino por lo que significaba sentarse en ella. Desde ahí, tenía unas espectaculares vistas de la ciudad, que a aquellas horas bullía de vida. De fondo, escuchaba a los Rolling con su Let it Bleed, su disco favorito de la banda. Pensó que seguro que cualquier hombre estaría feliz en su lugar. Ocupaba uno de los puestos más importantes del mundo, con una esposa bellísima, dos hijos y una hija preciosa, multitud de amistades en los selectos círculos de la clase alta georgiana y millones de personas que lo elegían cada cuatro años y medio como jefe del gobierno. Todo el mundo sabía que si perdía las elecciones su partido iba a tomar el poder por la fuerza, pero se seguían celebrando comicios para aparentar una democracia como la que había venido desde Washington en su día. 

Y aun a pesar de todo aquello, se sentía solo. No tenía amigos de verdad, solo ministros y asesores que le rodeaban como buitres, como parásitos que le sacaban la energía. Su mujer estaba con él por su posición y su riqueza, no por amor, y él con ella por su físico. Se trataban cordialmente, pero no dejaba de ser una relación de interés. Sus hijos no le hacían caso, aunque pasaba demasiado poco tiempo en casa como para darles ninguna atención. Todos los días, empresarios, sacerdotes y militares iban a verle y lo extorsionaban hasta el punto de conseguir que cumpliese sus deseos, amenazando a sus seres queridos o con agresiones físicas. En definitiva, el presidente se sentía solo, solo en medio de Atlanta, la ciudad más grande de toda América después de la Guerra Civil. Veía a miles de personas diariamente, y seguía solo. Pero había sido siempre así, o al menos que él recordase. De niño, los matones del patio eran tan malos como ahora los extorsionistas que ahora recibía a diario.

Y entonces lo vio. Su única esperanza, su salvación. Se asomó al balcón, miró al edificio de enfrente y saludó a la figura vestida de negro que estaba apostada en su azotea. Al presidente le parecía una buena muerte. Vestido con su mejor traje, en una terraza con un maravilloso panorama, con buena música y bien cerca de los desgraciados que llevaban tras él desde los albores de su carrera. Sonrió de nuevo. Y vio el punto rojo en su pecho, lo vio subir hasta que estuvo entre sus ojos. Pensó que le daría las gracias al francotirador en el infierno. Y luego no pensó más, mientras el sonido de un disparo resonaba en las indiferentes calles de Atlanta.

¿Os han gustado? ¿Habéis sentido lástima del asesino? ¿Del presidente? ¿De ninguno? ¡No os cortéis y contádnoslo!